sábado, 11 de julio de 2015

TROPEZONES LITERARIOS (Cuentos del Reino Secreto)

Una de las cosas más bonitas que creo yo que ha ocurrido a todos los aficionados a la lectura, es el tropezarse con un libro del que no tenemos referencia alguna, en una circunstancia en la que no estamos buscando nuevas lecturas (incluso en la que no estamos buscando nada)  para luego descubrir en el volumen en cuestión un mundo insospechado y atrayente, el creado claro por su autor. Las ocasiones que propician estos encuentros casuales yo creo que también son comunes a todos los lectores, o por lo menos muy semejantes: un libro dejado por su anterior dueño en una casa o apartamento alquilado por nosotros; un estante semisecreto que en nuestra propia casa esconde unos volúmenes que uno no ha comprado (o no recuerda haberlo hecho). El viejo libro de tapa blanda con el que inopinadamente tropieza nuestra mirada en una librería de saldos, y que nos atrae por su título y su breve reseña (si la tiene) de la contraportada. La colección de clásicos comprada décadas atrás por nuestros padres y que pacientemente ha esperado entre el polvo acumulado de décadas. Etc…
Y por desgracia (hasta cierto punto, sea) ahora internet nos ha privado de lo que antes era un placer añadido tras ese descubrimiento inicial. Me refiero a la búsqueda paciente de referencias del autor, de sus otras obras, etc, Búsqueda que se extendía por semidesiertas y umbrías bibliotecas públicas, cafés con amigos y conocidos, conversaciones con libreros de rancia estirpe…  Todo eso ya pasó, ahora un tecleo y un “enter” y la información (esa droga moderna) te llega en 0,05673 segundos según Google. ¿Práctico? Sí ¿Romántico? No son tiempos…
El último “tropezón” que recuerdo es el que me llevó a descubrir a un autor leonés, Jose María Merino, y uno de sus libros de relatos cortos de corte sobrenatural, “Cuentos del Reino Secreto”. Entré en él tan sólo por lo sugerente del título, que necesariamente tenía que atraer a un impenitente aficionado a la ciencia ficción y el género fantástico como yo.  Peor cuál fue mi sorpresa al encontrar una soberana colección de cuentos magníficamente escritos, elegantes, sugerentes, oscuros en ocasiones, todos cortados por el patrón común de lo sobrenatural forzando por momentos las costuras racionales de nuestra realidad cotidiana.
Sólo tengo la versión en papel, así que no puedo colgar ningún cuento del mismo. Lo haré sin embargo con un relato de otro volumen de relatos (Cuentos de los días raros) no tan redondo en mi opinión, pero igualmente necesario de leer. Un cuento además de corte clásico me parece a mí, que trenza con elegancia los recuerdos de la niñez con el efecto de aquellos primeros cuentos  infantiles. Una preciosidad.
La hija del Diablo
Hay mucho brillo de fauces y humedad de salivas sanguinolentas en una zona lejana de mi memoria. La zona es tan borrosa que apenas la identifico como mía: yo mismo no soy allí una conciencia sino un personaje más, un niño crédulo capaz de aceptar con agradecida fascinación cualquier historia que le contasen.
En el primer cuento que yo recuerdo haber oído, el lobo devoraba a la abuela de Caperucita y, tras una situación de terror progresivo la primera e insuperable escena de suspense de toda mi vida, a la propia Caperucita. En aquel tiempo debieron de contarme muchos cuentos en cuya trama central alguien era devorado, porque son los que más rebullen en esos pasadizos de mi alma. El lobo devoraba también a las siete cabritillas, tras entrar en su casa con la artimaña de enharinarse una de sus patas, para hacerla parecer la de la cabra madre. A las dos voraces bestias, el lobo de Caperucita y el de las siete cabritillas, la digestión les daba un sopor que no podían resistir, y su sueño era aprovechado por los cazadores, o por la cabra madre, para abrir su barriga, sacar de allí a sus víctimas, rellenarla de piedras y volver a cosérsela. Ese lastre arrastraría al lobo al río o a lo hondo de un pozo, cuando quisiese beber, empujado por una sed acuciosa. Pero también estaban presos de un ansia devoradora la bruja de Hansel y Gretel ¿quién se come mi casita? o el ogro de Pulgarcito, descuidado degollador de sus propias hijas.
Eran historias feroces, cargadas de una glotonería caníbal que hacía aún más perversas las circunstancias que rodeaban el peligro mortal de los inocentes protagonistas. De la recepción de aquellos primeros cuentos mi memoria no conserva otra cosa quIb el sentimiento de miedo, casi concupiscente por lo extremado y sin embargo ajeno de la situación que se me describía. Apenas hay otras percepciones alrededor de la pura trama, y ni siquiera distingo muy bien al narrador, ni la voz y los gestos con que iba desvelando su relato. Por eso, a la hora de evocar el primer cuento de mi vida, he procurado husmear un poco más entre las ruinas de esta memoria mía, muy desfigurada por la erosión del tiempo, donde es ya casi imposible identificar los objetos y los seres que ocuparon el paraje, hasta que he descubierto una piedra blanquecina.
Se trata de una piedra redondeada, uno de esos cantos de río de superficie afinada por el frotamiento. La imagen de la piedra ha suscitado la de unos ojos negros, graves, en el rostro acaso amarillento de una mujer que no debía de ser tan anciana como yo había llegado a imaginar. Y veo gente afanándose junto a unos vagones de ferrocarril, un día gris. Son imágenes en blanco y negro, como de película antigua, y no demasiado precisas, pero creo que he encontrado el lugar del primer cuento de envergadura que yo escuché. Estamos en algún punto del Bierzo o del Val de Orras, hace más de cincuenta años, una mañana de verano.
Aquella vez yo me trasladaba a Galicia, a casa de mi abuela materna, con mi tía Iluminada, a quien yo desde niño llamaba Mané. Era un viaje muy largo. Ya no soy capaz de evocar las circunstancias exactas de esa demora, ni el cansancio, acaso el mareo, ni la incomodidad. Sólo queda en mi memoria el olor a humo de carbón y aquella súbita quemazón de la carbonilla que hería los ojos, si se asomaba la cabeza fuera del vagón. También recuerdo que el tren iba repleto de gente y que, sobre los asientos, en los estantes de red que servían para depositar el equipaje, se amontonaban bultos y maletas formando un volumen gigantesco que duplicaba el de los pasajeros.
Siento aún aquel olor a humo, y percibo la forma apelotonada de los grandes bultos sobre nosotros, y otros bultos de fardeles apretados debajo de los asientos, y aquella multitud. El departamento sin duda estaba lleno y debía de haber gente de pie en el pasillo, y de repente recobro el rostro, he dicho amarillento, flaco, oscuro, de esa mujer que no es una vieja, aunque tampoco sea joven, esa mujer de ojos oscuros y un poco extraviados que acaba de decir que le quitaron la escuela.
«A mí me quitaron la escuela», ha dicho, sin duda en el transcurso de una charla en la que los pasajeros más cercanos participan entre murmullos y de la que solamente puedo rememorar esa frase, testimonio de un hecho que entonces me pareció extraño, porque no era capaz de imaginarme exactamente lo que quería decir, cómo era posible que a alguien le pudiesen quitar una escuela, un edificio parecido al que a mí me cobijaba durante el tiempo escolar, aunque el mío se llamase colegio, con sus aulas, sus pupitres, sus encerados, sus mapamundis, sus imágenes piadosas, sus pasillos, sus escaleras, acaso unas plantas en el vestíbulo bajo el cuadro de honor, sus retretes olorosos y su capilla, una inmaculada en el altar mirando al techo con gesto embelesado.
Podían quitarte el tacón redondeado para jugar a las carreras, la bola grande de acero para rematar en el gua, el pequeño avión bimotor que parecía de metal pero que no pesaba y que le habías cambiado a uno de la clase por una estrella de sheriff, podían quitarte un tebeo que llevabas disimulado entre los libros, pero una escuela, quitarle a alguien una escuela, era tan incomprensible, que esa extrañeza despertó en mí la intuición de algo extraordinario y misterioso.
«Me quitaron la escuela», había dicho. Y claro que hablaba como una maestra. Más tarde, no puedo precisar el momento, me había hablado para preguntarme a qué clase iba y si me gustaba estudiar. La conversación general del departamento se fue fragmentando y al cabo, quizá al hilo de su inquisición sobre mis circunstancias colegiales, ella empezó a contarme un cuento que yo no conocía, y que ahora intento reconstruir desde el final, ese momento, muy posterior a aquél, en que ella ha colocado en el suelo delante de nosotros, con un golpe seco, esa piedra blanca, oblonga, después de recogerla en la orilla del río.
Los trenes eran entonces motivo de terribles sucesos. Choques y descarrilamientos estaban en las noticias frecuentes. En los largos túneles que había que recorrer para alcanzar Galicia se producían accidentes que llenaban de espanto las habladurías de las cocinas y los mercados. El túnel de Torre, el de Castillo, se describían como profundos laberintos, lazos tenebrosos en que parecía agazaparse una insoslayable fatalidad. Ahora creo que la mujer empezó a contarme el cuento mientras atravesábamos uno de aquellos larguísimos túneles. La angostura de la oquedad que el tren recorría iba obligando al humo a verterse por las rendijas de las ventanillas en innumerables manantiales, y el departamento acababa inundado de aquella niebla que irritaba los ojos y la garganta de los viajeros.
Y ahora sí que me parece recordarlo con claridad: la bombilla de forma cilíndrica que iluminaba con endeble fulgor los bultos, los cuerpos, que ponía en los rostros la expresión inmóvil de las máscaras se apagó de pronto, y sentí miedo. Yo estaba sentado entre mi tía Mané y la mujer a quien le habían quitado la escuela, y entonces ella me preguntó, si no me lo había preguntado antes, si conocía el cuento de Blancaflor. Debió de ser entonces, porque todas las sensaciones forman ahora en mi rememoración un contorno firme que atrapa su voz como un invisible puño cerrado: la oscuridad, las conversaciones que han enmudecido, el humo impregnándolo todo y penetrando en nuestros pulmones con su amenaza de ahogo, el traqueteo del tren que resuena con fuerza, y en el centro de tanta opacidad la voz de ella empezando a fluir como un signo apaciguador:
En un país lejano había una vez un rey y una reina, muy queridos de sus súbditos, que hubieran sido del todo felices si hubieran podido tener hijos. Pero pasaban los años y no lo conseguían, a pesar de sus oraciones, de las medicinas de los médicos y de los sortilegios de magos y hechiceras.
Ya no puedo recordar todas las circunstancias de la narración, y acaso su trama, tal como ahora la conozco, no proviene solamente de aquella ocasión, sino que se ha ido mezclando con sucesivas versiones leídas o escuchadas. Sin embargo, el recuerdo es tan preciso que sin duda refleja, al menos en el inicio del relato, la claridad de aquella implantación inicial entre la negrura asfixiante del túnel: los desdichados reyes formulan el desesperado voto de entregar a su hijo al Diablo cuando cumpla veinte años, si es que se les concede la alegría de conseguirlo, y el hijo tan ansiado llega al fin, y los padres se llenan de regocijo y olvidan su promesa mientras pasa el tiempo y el hijo crece guapo, inteligente, bueno, robusto, y aprende las destrezas propias de los príncipes.
Sin embargo, apenas recuerdo con exactitud todo lo que sucedió, y no puedo saber por dónde iba la trama del cuento cuando salimos del túnel. La voz de la narradora tenía timbre fino y ella hablaba con lentitud, pero no puedo evocar ninguna otra señal que me la devuelva. Y no sé por dónde iba el cuento - acaso ya la humareda, tras la apertura de las ventanillas, se había disipado- ni si habíamos llegado al momento del vigésimo cumpleaños del príncipe, el momento en que los padres reciben la atroz visita del emisario del Diablo. Todavía hoy me pregunto cuál sería su figura cuando el tren descarriló.
No he vivido otro accidente ferroviario, pero algunos seísmos que he sufrido en algún momento de la vida me han hecho revivir aquella experiencia, el suelo escurriéndose bajo nuestros cuerpos, una súbita sugestión de ir a flotar en una ingravidez precursora de la más vertiginosa de las caídas.
El accidente no tuvo las proporciones dramáticas de otros, pues resultó que solamente un vagón, el último del convoy, se había salido de la vía, y lo lento de la velocidad impidió el vuelco, pero nos obligaron a abandonar todos los vagones. Me parece que hubo algo de revuelo, porque mucha gente quería llevarse consigo el equipaje, pero el revisor y los guardias que patrullaban el tren no lo permitieron. Mi tía recogió su bolso, me dio la mano y descendimos.
He dicho que era un día gris. En la cabecera del tren, el resoplido de la máquina reflejaba la ansiedad de los pasajeros, y su bulto oscuro resaltaba contra el paraje montuoso. Acaso hacía sol, y es la tensión de aquellos momentos lo que me hace verlo todo como iluminado por un resplandor de ceniza. Nos sentamos en unas piedras, al pie del terraplén, cerca del riachuelo, mi tía Mané, la narradora y yo, y debimos de quedarnos un rato quietos, pasmados por el suceso que venía a corroborar todos los temores populares acerca de los peligros de aquel trayecto ferroviario. Quiero creer que entonces la mujer continuó contándome el cuento, cómo el príncipe, que ha cumplido los veinte años, tranquiliza a sus padres cuando conoce la lejana y fatal promesa, ensilla su caballo y se dirige, con el más animoso de los talantes, al castillo del Diablo, que ya no sé si ella llamaba Castillo de Irás y No Volverás.
En el bosque, el príncipe se encontró con una viejecita que pedía limosna y compartió con ella el almuerzo que llevaba en la mochila. ¿Qué hubieras hecho tú?
El recuerdo de la pregunta, que me vuelve a identificar con aquel príncipe, certifica la verdad de la escena. Yo respondo que habría hecho lo mismo, y ella, haciendo con la cabeza gestos aprobatorios, me contesta que yo debo de ser tan generoso como el príncipe. Y luego añade: «Y tan valiente».
La viejecita era en realidad un hada, que quería probar la calidad de su corazón. Cuando comprendió que el príncipe era bueno, le dijo que antes de llegar al castillo encontraría un lago, y que vendrían a bañarse en él tres muchachas, las tres hijas del Diablo. Lo que él tenía que hacer era esconderse y esperar a que estuviesen en el agua. Entonces, sin que ella pudiese advertirlo, escamotearía la ropa de la más pequeña, que se llamaba Blancaflor. Y más tarde, cuando ella saliese del agua y no encontrase su ropa, se la mostraría, pero antes de devolvérsela le obligaría a pedírsela por tres veces consecutivas.
Entonces supe lo hermosa que era Blancaflor, que al parecer estaba esperando la llegada de aquel príncipe, y cómo ambos se enamoraron el uno del otro en cuanto empezaron a hablar. Mas mi tía Mané lanzó un grito, porque acababa de descubrir que faltaba la cartera de su bolsa de mano. «¡Ha sido en el túnel! ¡Ha sido en el túnel!», voceaba mi tía. Se levantó y echó a correr hacia los guardias, que estaban junto a la gente que observaba las ruedas del vagón hundidas en la gravilla.
La noticia del robo llevó consigo mucho revuelo, pues en mi recuerdo hay una idea, aunque también confusa, de mi tía que viene y va, acaso convocando a los demás pasajeros del departamento. Yo andaba por allí, no sé si sentado en las piedras o agarrado a su mano. Recuerdo sus ojos muy abiertos, su voz trémula, sus mejillas encendidas en la triste emoción de su expolio. También recuerdo a la narradora vista de lejos, su figura muy menuda entre los dos guardias con aquellos tricornios de charol que tan exactamente reflejaban la grisura del día: claro que no había sol. Y también recuerdo a mi tía intentando localizar a uno de los viajeros, un joven con traje que había contado que era viajante de jabones y perfumes. Pero no pudo encontrarlo. «¡Debió de ser él! exclamaba mi tía una y otra vez. ¡Ha aprovechado que el treta descarriló para marcharse! ¡Debió de ser él!».
Con los años, el recuerdo de todos aquellos espacios se descompone en fragmentos irregulares, desproporcionados. Ahora pienso que la aventura tuvo que durar muchas horas, pero en mi memoria queda sólo un trozo de tiempo que ya no puedo medir ni pesar. Mi tía se quedó muy mohína. Habían desenganchado el vagón, pero era preciso esperar a que llegase ayuda para recomponer el tren. Y continuamos en aquel paraje montuoso, en la ribera del riachuelo.
Digo que no soy capaz de evocar el tiempo material de aquella espera, que duró posiblemente muchas horas. Ahora parece concentrarse toda ella en el espacio del cuento, aunque ya sé que es imposible que el relato se alargase tanto. Pero quién sabe ya si la narradora de ojos oscuros y fijos no me lo fue relatando en pequeños fragmentos, para despertar aún más mi interés. El caso es que continúa hablando, y veo sus ojos oscuros mirándome muy cercanos. Los viajeros desperdigados se ven forzados al ejercicio de la sumisa paciencia, mientras la pareja de guardias pasea con lentitud a lo largo de las vías, el mosquetón colgado del hombro. Por la vía se acerca por fin una pequeña locomotora con un remolque cargado de hombres que empuñan grandes rastrillos y palancas.
La narradora me contó que Blancaflor llevó ante su padre a su flamante enamorado, y que éste le pidió al Diablo la mano de su hija menor. Nunca ha dejado de asombrarme todo lo que vino después. Los hombres empiezan a bajar las grandes herramientas. Acaso por eso relaciono ese momento con las pruebas del Diablo. El Diablo quiere matar al príncipe, pero le lierdonará la vida y le dejará casarse con su hija pequeña si es capaz de talar uno de los montes arbolados que se ven desde el castillo, roturarlo y plantar el trigo que, una vez brotado, madurado, segado, trillado, aventado y molido, debe servir para cocer el pan que el príncipe tiene que ofrecer al Diablo al día siguiente. Las grandes palas, los picos, los rollos de cable, las poleas que venían con la pequeña locomotora me hacen relacionar los esfuerzos de los encarriladores con las supuestas tareas que exigía la imposible cosecha del pan del Diablo. Pero Blancaflor mandó acostarse al príncipe, y con su magia consiguió llevar a cabo todas las labores necesarias, de manera que al día siguiente aquel monte era un rastrojo, y en la mesa del Diablo había una suculenta hogaza de pan.
O te ayudó Blancaflor, o eres mis diablo que yo, murmuró el Diablo con despecho, sin conformarse. Y empezaban los obreros del ferrocarril a unir sus esfuerzos a los tirones de la pequeña locomotora para intentar mover el vagón, cuando el Diablo exigía al príncipe, a cambio de su vida, roturar el yermo que se extendía a los pies del castillo, entre el lago y el bosque, plantaren él un viñedo y, una vez fructificadas las cepas, vendimiar los racimos, pisar las uvas, dejar fermentar el mosto y ofrecerle a él al día siguiente una jarra del vino cosechado. Los esfuerzos de los hombres y el arrastre de la pequeña locomotora apenas conseguían mover el vagón descarrilado, cuando Blancaflor le aseguraba a su novio que no se preocupase, que durmiese tranquilo. Y al día siguiente el Diablo tuvo en su mesa una jarra del vino de aquellos viñedos que se extendían entre el lago y el bosque.
0 te ayudó Blancaflor
o eres más diablo que yo.
Acaso no sea cierto que la trabajosa tarea de aquella brigada ferroviaria haya coincidido con esta parte del cuento, pero repito que, en mi memoria, la imaginación de las supuestas labores a que hubieran obligado las pruebas del Diablo se juntan con naturalidad a los esfuerzos de aquellos hombres sudorosos.
La última prueba, al figurármela, todavía me produce cierta zozobra a estas alturas de la edad, y no estoy seguro de que aquella mujer me la hubiera contado de la misma manera que ahora me parece recordarla, con una brutalidad tan fría y meticulosa como sangrienta. Acaso esta parte del relato, tal como creo haberla oído en aquella ocasión, es un añadido posterior y proviene de narraciones escuchadas más adelante. Sin embargo, yo no puedo dejar de identificarla con aquel día gris, con las locomotoras jadeando entre humos en lo alto del talud, a ambos extremos del tren, mientras las aguas del riachuelo brillan corriendo valle abajo.
El Diablo le encarga al príncipe recuperar una sortija maravillosa que se encuentra en el fondo del lago y Blancaflor le pide a su novio que la mate y la descuartice, y que recoja con cuidado toda su sangre en una botella, toda su sangre sin perder una sola gota. Digo que no sé si la narradora de tez amarillenta y grandes ojos oscuros me lo contó así, y sin embargo me parece recordar como seguro que aquélla fue la primera ocasión en que lo oí, y que sentí en el corazón el apretón de esa congoja que aún me dura. El príncipe, después de matar a Blancaflor, mientras la desangraba, dejó caer inadvertidamente una gota de sangre fuera de la botella. Pero luego, tras echar los cuartos del cuerpo muerto y la botella llena de sangre al lago, Blancaflor saldría de las aguas resucitada, entera, sonriente, llevando en la mano la sortija maravillosa.
Mi tía se enjuga los ojos con un pañuelo, considerando la enorme pérdida que hemos sufrido, el dinero para el verano, para la abuela, y mira a lo lejos sin escuchar a la narradora. Muchos pasajeros se han puesto a echar una mano a los obreros del ferrocarril y la maquinita lanza algunos silbidos, como si con ello pudiese ayudar un poco más. Y el Diablo sigue sin aceptar el resultado, y propone al príncipe que intente identificar a Blancaflor por el dedo índice que, junto con los de sus hermanas, enseñarán las tres por debajo de la puerta. Si acierta, podrá irse con ella. Si no, morirá. La gotita de sangre desperdiciada pertenecía a ese dedo índice de Blancaflor, y la diminuta cicatriz es advertida por el príncipe, que cumple la prueba una vez más.
Pero el Diablo tampoco quedó satisfecho, y decidió matar de una vez al príncipe. Blancaflor, que lo supo, fue a buscarlo para que huyesen juntos. En los establos del Diablo había un caballo muy bonito llamado Viento, y uno muy feo llamado Pensamiento, que era el que Blancaflor encargó ensillar al príncipe. El príncipe se equivocó de caballo y ensilló al bonito, a Viento, que era el que menos corría. Y salieron huyendo con tanta prisa que ya no pudieron cambiar de caballo.
Ahora viene la huida con el Diablo detrás, a punto de darles alcance. Los esfuerzos de tanta gente hacen que el vagón se mueva. Blancaflor tira un peine a sus espaldas y brota un espeso matorral que obliga al Diablo a detenerse. Creo que se puso a lloviznar un poco, pero debió de escampar enseguida. Siguen huyendo y el Diablo está otra vez casi junto a ellos. Blancaflor tira a sus espaldas una navaja que se convierte en una reja de hierro erizada de pinchos, para que el Diablo se hiera, y luego un puñado de sal que se convierte en una montaña de sal, para que al Diablo le abrasen sus heridas. Pero el Diablo consigue ir salvando todos los obstáculos, y está otra vez muy cerca de ellos cuando Blancaflor convierte el caballo en una ermita, al príncipe en un ermitaño, y ella misma se transforma en la campana de la ermita. El Diablo queda definitivamente confundido. Rabioso, lanza al aire una maldición: «¡Te olvidarás de Blancaflor!».
Recuerdo que llevábamos comida: una hogaza de pan en que se guardaban, separadas la parte de arriba y la de abajo, tortillas francesas y unos filetes empanados. La tía Mané apenas comió, pero invitó a la narradora. No sé cuántas horas pasaron. La tía Mané suspiraba mucho cuando se cumple el olvido de Blancaflor. Ella ha advertido al príncipe que, cuando lleguen al castillo, no debe dejar que nadie lo abrace, pero él no puede impedir que una de sus viejas ayas, la que más le quiere, se acerque por detrás y lo rodee con sus brazos. Y el príncipe se olvida de Blancaflor, que se queda en el castillo como una sirvienta más. Poco tiempo después, el príncipé decide casarse con otra muchacha.
En este momento del cuento, la narradora ha cogido una piedra del cauce del río y la ha colocado delante de nosotros con un golpe seco, para que se sostenga sobre la hierba. Esa piedra de forma ovoidal, más grande que su mano, es la figura que ha traído a mi memoria este relato. La veo nítida entre la hierba, mientras el agua del arroyo corre deprisa, resonando. La piedra está delante de mí como un gran huevo, como estaban delante de Blancaflor el cuchillo de dolor y la piedra de amor cuando el príncipe la descubre. Y alrededor de esa imagen, igual que se va formando la sustancia de las perlas alrededor de un guijarro minúsculo, ha ido cuajando la luz nacarina de aquel día, la voz suave y fina de la narradora, las lágrimas de mi tía Mané, las locomotoras que resoplan en la parte alta del terraplén, los hombres que gritan al unísono para animar sus esfuerzos.
El príncipe descubre a Blancaflor, aquella sierva del castillo, hablándole a escondidas a una piedra y a un cuchillo, y lo extraño de su actitud hace que se detenga a escucharla. Blancaflor le pregunta a la piedra por las tareas que tuvo que realizar para salvar la vida del príncipe, aquella hogaza y aquel vino hechos con la harina y el mosto de un trigal y de un viñedo plantados y fructificados en una sola noche, su sacrificio mortal y su desangramiento para la magia del anillo del lago, la angustiosa huida mientras los perseguía el Diablo infatigable.
A las preguntas de Blancaflor, la piedra responde entre crujidos, dando testimonio de aquellos sucesos terribles y maravillosos, y el príncipe escucha lleno de asombro. Luego, Blancaflor le habla al cuchillo de dolor y le pregunta qué debe hacer ella, puesto que el príncipe la ha olvidado, con todo lo que pasaron juntos. El cuchillo le responde que se dé muerte sin esperar más, y Blancaflor apunta con el cuchillo a su corazón, cuando el príncipe lo recuerda todo y entra corriendo donde ella está, para impedir que se mate, y besarla, y pedirle que se case con él.
Y en ese mismo instante la piedra se partió en dos. He supuesto que se trataría de una cuarcita, que sin duda estaba rajada, y que al ponerla en el suelo, el impacto primero y la propia fuerza de la gravedad después separó sus dos pedazos, el caso es que esa imagen de la piedra abriéndose de repente en dos mitades y ofreciendo su interior macizo y rugoso fue como la réplica mágica del relato que aquella mujer me estaba contando.
Arreglaron por fin el tren. Ya no recuerdo casi nada más: sus ojos negros, de mirada insistente; su rostro amarillento, su pelo lacio. No puedo asegurar que sea verdad que, cuando nos despedimos, ella me dijese: «Yo soy la hija del Diablo».

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