miércoles, 13 de enero de 2016

RAGNAROK

En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así ¿cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial.

El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando; eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia adelante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encorvado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cual, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron.

Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del Islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga: Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos.

Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.

JORGE LUIS BORGES

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viernes, 27 de noviembre de 2015

UN TEÓLOGO EN LA MUERTE

Un maravilloso relato breve de Borges, a disfrutar:

Un teólogo en la muerte


Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo:

-He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe.

Esas cosas las decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron este discurso, lo abandonaron. 

sábado, 11 de julio de 2015

TROPEZONES LITERARIOS (Cuentos del Reino Secreto)

Una de las cosas más bonitas que creo yo que ha ocurrido a todos los aficionados a la lectura, es el tropezarse con un libro del que no tenemos referencia alguna, en una circunstancia en la que no estamos buscando nuevas lecturas (incluso en la que no estamos buscando nada)  para luego descubrir en el volumen en cuestión un mundo insospechado y atrayente, el creado claro por su autor. Las ocasiones que propician estos encuentros casuales yo creo que también son comunes a todos los lectores, o por lo menos muy semejantes: un libro dejado por su anterior dueño en una casa o apartamento alquilado por nosotros; un estante semisecreto que en nuestra propia casa esconde unos volúmenes que uno no ha comprado (o no recuerda haberlo hecho). El viejo libro de tapa blanda con el que inopinadamente tropieza nuestra mirada en una librería de saldos, y que nos atrae por su título y su breve reseña (si la tiene) de la contraportada. La colección de clásicos comprada décadas atrás por nuestros padres y que pacientemente ha esperado entre el polvo acumulado de décadas. Etc…
Y por desgracia (hasta cierto punto, sea) ahora internet nos ha privado de lo que antes era un placer añadido tras ese descubrimiento inicial. Me refiero a la búsqueda paciente de referencias del autor, de sus otras obras, etc, Búsqueda que se extendía por semidesiertas y umbrías bibliotecas públicas, cafés con amigos y conocidos, conversaciones con libreros de rancia estirpe…  Todo eso ya pasó, ahora un tecleo y un “enter” y la información (esa droga moderna) te llega en 0,05673 segundos según Google. ¿Práctico? Sí ¿Romántico? No son tiempos…
El último “tropezón” que recuerdo es el que me llevó a descubrir a un autor leonés, Jose María Merino, y uno de sus libros de relatos cortos de corte sobrenatural, “Cuentos del Reino Secreto”. Entré en él tan sólo por lo sugerente del título, que necesariamente tenía que atraer a un impenitente aficionado a la ciencia ficción y el género fantástico como yo.  Peor cuál fue mi sorpresa al encontrar una soberana colección de cuentos magníficamente escritos, elegantes, sugerentes, oscuros en ocasiones, todos cortados por el patrón común de lo sobrenatural forzando por momentos las costuras racionales de nuestra realidad cotidiana.

lunes, 15 de junio de 2015

El misterio USA



Soy uno de los muchos que observan la sociedad americana con una mezcla de admiración, repulsión, estupor y desconocimiento. Algo normal si nunca se ha pisado suelo yankee (salvo dos fugaces días en Boston)y se reflexiona a 9.000 kilómetros de distancia. Y últimamente muchos nos preguntamos (desde nuestro maltrecho estado del bienestar) cómo esa sociedad en la que tanta gente vive en el margen de la pobreza y sin seguro médico, mayoritariamente rechaza la idea de una sanidad estatal o de cualquier tipo de asistencia pública. Una buena manera de intentar encontrar explicaciones es leer "Crónicas de la América Profunda", un más que interesante libro escrito por el periodista y blogero Joe Bageant. Este buen señor fue un auténtico blue collar nacido y crecido en la humilde población de Winchester. Pero se mudó al oeste, se hizo periodista y regresó treinta años después a su pueblo natal para contemplar con mirada desapasionada pero comprometida la realidad social más humilde de su país, que fuera tiempo ha su propia vida. Se considera a sí mismo liberal demócrata, y describe en su libro una interesante teoría que explica los extraños ideales de gente que no tiene donde caerse muerta pero defiende por encima de todo su independencia e individualismo, además de hacer una crítica despiadada del capitalismo darwinista de los USA. 
Un interesante volumen sobre los extraños claroscuros morales del imperio.

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sábado, 13 de junio de 2015

1987 fue un gran año. Se publicó el mejor LP de esa década (que además era el mejor doble LP de la década) y pudimos ver en las pantallas esa dulce y triste historia de amor llamada "Ojos Negros", con un inmenso Marcello Mastroianni. La película me encantó, pero reconozco que ahora me da cierto temor revisarla, porque tal vez se le vean las costuras.  Pero hoy busqué en la red su escena más famosa, y me solazé en comprobar que conserva toda su magia original. En cierto modo, cuando vemos caer el sombrero en la piscina de lodo, todos sospechamos lo que el personaje de Mastroianni va a hacer. Lo que es inevitable que haga.





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CLASES DE FRANCÉS EN LAS ROZAS
Hay una mosca en mi soma